La primera vez que el logo de Mercedez Benz brilló rojo y furioso en mi pierna era la época en que las bicis ni siquiera lucían complicadas y tecnológicas suspenciones. Era según mi padre un enfermo que solo deseaba descomponer aquella brillante y esplendorosa bicicleta nueva revolcándome como un cerdo en el oscuro y frio lodo. El no entendía aún la extraña afición con mis amigos de adentrarnos en la espesura del bosque para pedalear un rato... no importando la época del año.
Lo recuerdo bién. Aquel día seguia fiel a mi costumbre de no abandonar el pantalón corto. Aunque
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